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18 noviembre 2017. Actualizado 00:01 Director: Antonio M. Beaumont
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GENTE MUY PELIGROSA

Progres: por qué molesta tanto el humanismo cristiano a los radicales

Intentaron quitar el humanismo cristiano del perfil del PP. Pero ahí sigue. Hace siglos que la idea molesta a los radicales y ultras que se llaman progresistas e ilustrados.

 
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NO ES UN PROBLEMA NUEVO
Intentaron quitar el humanismo cristiano del perfil del PP. Pero ahí sigue. Hace siglos que la idea molesta a los radicales y ultras que se llaman progresistas e ilustrados.
Intentaron quitar el humanismo cristiano del perfil del PP. Pero ahí sigue. Hace siglos que la idea molesta a los radicales y ultras que se llaman progresistas e ilustrados.
LOS RADICALES OCULTOS
Philipp Blom, Gente peligrosa. El radicalismo olvidado de la Ilustración europea. Traducción de Daniel Najmías. Anagrama – Colección Argumentos, Barcelona, 2012. 472 pp. 24,90 €Philipp Blom, Gente peligrosa. El radicalismo olvidado de la Ilustración europea. Traducción de Daniel Najmías. Anagrama – Colección Argumentos, Barcelona, 2012. 472 pp. 24,90 €
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Cristina Cifuentes y Ángel Garrido, afiliados del PP, han tenido un momento de amplísima fama al proponer al XVII Congreso del Partido Popular la supresión del humanismo cristiano como principio del partido de Mariano Rajoy. Una fama aumentada por el apoyo recibido desde fuera del PP, y en especial desde los medios de comunicación y de pensamiento vinculados a la izquierda, y cerrada por el rechazo de su enmienda.

La fama es una peligrosa arma de dos filos. A veces la ganan o la conservan personas que no la merecerían, y no la tienen otras cuyas aportaciones, del tipo que sean, son más meritorias. Anagrama acaba de publicar un brillante ensayo de Philipp Blom sobre el radicalismo olvidado de la Ilustración europea, cuyas ideas más sugerentes sorprenderán a muchos. Para él, filósofos afamados como Voltaire y Juan Jacobo Rousseau ocupan un especio en nuestro imaginario, y en la configuración intelectual del presente, excesivo si comparamos sus méritos –para nada menores, en todo caso-, mientras que otros permanecen casi olvidados, y con ellos algunas de sus ideas.

Hoy Rousseau y Voltaire definen ideológicamente la modernidad. Mientras unos están enterrados en el Panteón de París, sólo los especialistas recuerdan al barón d´Holbach y su tertulia parisina, por la que pasaron en la generación anterior a la Revolución de 1789 los mayores intelectuales de su tiempo, científicos, filósofos, enciclopedistas casi todos ellos, con ideas en ciertos aspectos más avanzadas aún que las que triunfaron desde Robespierre. En el libro de Blom encontramos una narración amena y sugerente de por qué esos otros nombres merecen nuestra atención, de por qué su triunfo antes y su rescate ahora supondrían un mejor presente y un mejor futuro y de cuáles serían las diferencias. Aparte de otras consideraciones, es interesante ver cómo era la vida cotidiana y las preferencias íntimas de estos ilustrados, de estos radicales, de estos… humanistas.

Aún hoy predomina entre nosotros –al menos entre los políticamente correctos- la idea de que un triunfo pleno y anterior de la Ilustración, una Ilustración sin complejos y basada en el ateísmo, la razón absolutizada, el individualismo, el igualitarismo, el materialismo y el progresismo, habría generado unos prodigiosos, estupendos, paradisíacos y benéficos siglos XIX, XX y XXI. Y en el libro de Anagrama encontramos no sólo los argumentos que defienden esa idea y los nombres sobre los que se fundamenta, sino además –curiosamente- las razones para señalar los errores de fondo de tal tesis.

Ante todo, la verdad es que la Ilustración triunfó, e impera todavía al menos en Occidente. Por supuesto que las ideas de Diderot y de Holbach pueden ser marginalmente distintas de las de Rousseau, Voltaire o Montesquieu, pero es que también lo eran de las de Laurence Sterne, David Hume, Adam Smith, Horace Walpole o Benjamin Franklin, por no hablar de los príncipes empezando por nuestro Carlos III tan oficialmente venerado, y sin embargo eso no hace a unos más ilustrados que a otros. Porque compartían los aspectos esenciales de esa ideología, y lo que Blum lamenta con razón es sólo que todo podría (y según él debería) haber sido más radical.

No es ni era el único en pedir una ultrailustración. En ese sentido, conviene recordar que los ilustrados, para serlo, no sólo querían redefinir la cultura sino además el monopolio de la misma. Una actitud típicamente ilustrada, que todos compartirían sin matices, sería precisamente su reivindicación del humanismo (definido a su gusto y según sus ideas) y el rechazo del catolicismo, con la negación explícita de la posibilidad misma de un humanismo cristiano. Una actitud poco tolerante, totalitaria, vanidosa, que todo buen ilustrado de ayer y de hoy considera ligada a la Arcadia futura que (según ellos) sólo sus ideas pueden traernos.

El humanismo no es ni una invención de la Iglesia ni un monopolio suyo. Pero tampoco cabe concebir una Iglesia que no sea humanista, así que la atribución del concepto a Jacques Maritain, a los democristianos o a algunos dudosos experimentos del siglo XX es una derivación formalmente cristiana de la ideología ilustrada. Desde salones, logias, aulas y palacios, los ilustrados de todos los matices han cambiado irreversiblemente nuestro horizonte intelectual, pero leer a Blom ayuda, más que paradójicamente, a entender por qué les resultaba entonces tan molesto, y lo resulta hoy para la corrección política y cultural, que el cristianismo pueda competir con fuerza por un auténtico humanismo.

Como escribía hace ya tiempo el jesuita Malachi Martin, nunca suficientemente apreciado, "en este ´siglo de las luces´, los hombres concluyeron que la inteligencia humana era infatigable, que no se necesitaba ya la revelación, que sólo la investigación humana era necesaria para la felicidad del hombre… Toda una galaxia de pensadores brillantes y de escritores capacitados surgió para pregonar esta nueva actitud, La Mettrie, Diderot, d´Alembert, Montesquieu, Helvecio, La Chalotais, Voltaire, el barón d´Holbach. La Ilustración invadió los salones elegantes, las reuniones regias, las tertulias políticas y las sesiones universitarias. La Iglesia católica, el Papa de Roma y la Compañía de Jesús fueron estigmatizados desde el primer momento como los tres grandes obstáculos contra la preciosa Ilustración".

"Por esa razón, Clemente XII condenó la masonería como incompatible con el catolicismo y castigó con la excomunión a todos los católicos que ingresaran en las logias. Aquella condena ha sido mantenida por Roma hasta fecha tan reciente como la primavera de 1984… Todos aquellos dirigentes de la Ilustración formaban parte de la logia y eran miembros prominentes del establishment en sus círculos políticos, financieros, literarios y sociales". Si una visión del mundo dice poner en el centro de las cosas al ser humano, pero en realidad pone sus prejuicios ideológicos, no pasará de ser un extremismo triunfante. El humanismo cristiano es una realidad histórica y no una invención reciente aquí, mientras que el humanismo ilustrado resulta ser… dudosamente humanista, y más dudosamente cuanto más radical: lean aquí por qué. Quizá por eso Holbach no triunfó, quizá por eso Carlos III no pudo hacerlo en un país como España, quizá por todo ello no ha habido ninguna Arcadia ilustrada, en ninguna de las versiones, y seguramente por todo ello hay buenas razones (filosóficas) para que el humanismo del PP no pierda su etiqueta. Al fin y al cabo, por muchas cosas, la base social del PP no comparte en esto el punto de vista de Cifuentes y Garrido ni el de los lectores de la Enciclopedia. Y conviene entender por qué éste es un debate importante aquí y ahora.

Pascual Tamburri Bariain

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