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16 enero 2018. Actualizado 00:01 Director: Antonio M. Beaumont
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LA VISIÓN REACCIONARIA DEL MUNDO

Dos personajes inolvidables, él y ella, que creó el Marqués de Tamarón

"El rompimiento de gloria" es una novela sorprendente que arranca en 1935 y donde el aire de las cumbres y los presagios de la guerra sirven de marco a una historia de amistad inaccesible.

 
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DIPLOMÁTICO Y ESCRITOR
Santiago de Mora-Figueroa, marqués de Tamarón, ha sido embajador de España en Londres, y eso se deja notar también en las páginas de <i>El rompimiento de gloria</i>.
Santiago de Mora-Figueroa, marqués de Tamarón, ha sido embajador de España en Londres, y eso se deja notar también en las páginas de El rompimiento de gloria.
UNA HISTORIA INOLVIDABLE
Marqués de Tamarón. El rompimiento de gloria. Áltera. Madrid, 2012. 254 pp. 20 €
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Como señala en unas notas finales el Marqués de Tamarón, el único personaje no ficticio de El rompimiento de gloria (Áltera) es la montaña, en concreto las sierras de Gredos, Guadarrama o Ayllón. No hay capítulo que no arranque o culmine entre crestas y pastos agrestes, recorriendo laderas escarpadas o durmiendo al raso bajo un cielo que ensancha el alma o entre nieblas que encogen el ánimo.

Los protagonistas aman la marcha y la escalada, las aguas manantiales y las peculiaridades botánicas, los sonidos de la nieve que se hunde a nuestro paso o los de la tormenta que sobrecoge el espíritu. Y aman, sobre todo, el rompimiento de gloria, ese momento que los montaraces conocen bien, cuando la luz desciende entre las nubes como un bautismo o un rito iniciático en la contemplación de la belleza.

Saturnino, el rojo, y Miguel y Elena, los reaccionarios

Ése es el marco en el que Saturnino, que nos cuenta esta historia en primera persona cuando ya es octogenario, conoció en 1935 a dos hermanos, Miguel y Elena Cienfuegos, jóvenes aristócratas –hidalgos más bien- descendientes de un laird escocés jacobita, James Campbell of Glenlarig. Una pareja singular que viven una relación singular con el mundo y entre ellos mismos, y que encajarán gustosos en su vida al nuevo amigo, estudiante de origen rural y militante de izquierdas en un tiempo –el año que precede al 18 de Julio- donde parecería inverosímil su creciente intimidad con un Miguel que es capitán de Caballería y una Elena de quien se enamora, sin esperanzas, de inmediato, ambos representantes de un mundo antiguo con códigos absolutamente reaccionarios.

Reaccionarios en el sentido menos peyorativo de la palabra, esto es, esa visión del mundo que no cree en el mito del progreso ni abriga la certeza de que el futuro será siempre mejor. Es más, que bebe en las serenas riquezas del pasado con la convicción de su validez perenne, mirando la vida con el estoicismo de quien se sabe anclado en la verdad, el bien y la belleza, insensible a ideas pretendidamente nuevas y a modas que se creen originales.

La pinza social, el amor personal

Tamarón (Santiago de Mora-Figueroa, jerezano de 1941, diplomático y escritor) crea un triángulo sorprendente en el que el ambiente prebélico, cuando asoma, es sólo para ir preparando el terreno al drama final. Y dibuja para nosotros, literariamente, una pinza en la que la nobleza y el pueblo llano saben cómo entenderse en un común desprecio por los llamados valores burgueses.

En realidad El rompimiento de gloria es una novela de evocación, en la que Saturnino descubre una clase social a la que prejuzgaba y en la que nunca termina de confiar del todo. ¿Por qué dos personas, un poco mayores que él pero aún jóvenes, en apariencia despreocupados señoritos pero en realidad cultos y coherentes representantes de una moral superior basada en la generosidad y la franqueza, sienten interés por un gañán orgulloso –pero no soberbio- ansioso de aprender, y alma solitaria necesitada de afectos desinteresados?

¿Qué buscan? Ésa es la pregunta que atormenta a Saturnino con el "recelo aldeano" que él mismo admite, al tiempo que está convencido de la nobleza de sentimientos de Miguel y Elena, a cuya conquista amorosa no renuncia. Y, entre tanto, sus conversaciones se pueblan de expresiones clásicas y de letras inglesas de las canciones modernas que interpretan al piano en sus tardes de asueto. Un sofisticado intercambio de ideas del que se sirve Tamarón, escritor erudito y ocurrente, para aclararnos el significado correcto de algunos latines, el alcance de tal o cual reflexión de los filósofos griegos, y sobre todo para dar razón de un estilo de vida.

Fascinación

"No sólo estaba enamorado de Elena sino fascinado por ella y por su hermano y por cuanto representaban... No eran la antítesis de los revolucionarios porque no eran liberales ni conservadores ni fascistas, eran reaccionarios. Y no eran reaccionarios políticos como los carlistas o los de Acción Española, eran reaccionarios químicamente puros como Merlín o el Hada Morgana... Eran criaturas fabulosas y por tanto inofensivas", recuerda Saturnino.

Esa fascinación le llega a cuestionarse los principios por los que lucha, desde la otra orilla: "¿Merecería la pena acelerar la llegada del futuro? Tendría que ser a costa del presente, que a todas luces merecía sumirse en el olvido, pero también de los rescoldos de cierto pasado que yo empezaba a descubrir de la mano de Elena y Miguel y que a veces me reconfortaba extrañamente". Y se asusta de que ese futuro en el que –como tantos de sus contemporáneos, en España y fuera de ella- esperaba encontrar la justicia y la eficacia, "no sería como una catedral gótica, ni un palacio barroco, ni una gran caverna llena de estalactitas, no tendría misterio", y su asepsia lo asemejase a una clínica.

El contraste entre las sólidas convicciones de la aristocracia añeja y las suyas propias tal vez no sea absoluto, y en los dos bandos que acabaron enfrentados hubo quien puso por encima de todo "los viejos ideales de defender al débil, el espíritu de sacrificio, la camaradería"...: todo eso "se había esfumado de la sociedad española y algunos, por pundonor, siguieron buscándolo".

El rompimiento de gloria es de esos textos que no se olvidan. Miguel y Elena empiezan siendo un enigma y lo son también al final. Tamarón nos deja intacta la comezón de descubrirlo, tal vez porque en esta novela nos embarcamos en un exquisito viaje a las profundidades del alma (también por medio de Saturnino: ¡qué espléndido retrato de sus remordimientos familiares!) y -como apuntó Woyzeck, el personaje de Georg Büchner- a ese abismo produce vértigo asomarse.

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