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18 noviembre 2017. Actualizado 00:01 Director: Antonio M. Beaumont
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ALDABONAZO DESDE ASTURIAS

Gustavo Bueno da con una nueva clave de los complejos de la derecha

Tras desmitificar a la izquierda, el filófoso de la Universidad de Oviedo hace lo propio con el otro lado del mapa político, ahondando en su pluralidad y en los orígenes de su mismo nombre.

 
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GUSTAVO BUENO
El filósofo riojano, asturiano de adopción tras cuatro décadas enseñando en la Universidad de Oviedo, consagra ahora un libro a la derecha como lo hizo recientemente con la izquierda.
El filósofo riojano, asturiano de adopción tras cuatro décadas enseñando en la Universidad de Oviedo, consagra ahora un libro a la derecha como lo hizo recientemente con la izquierda.
ANÁLISIS EN PROFUNDIDAD
Gustavo Bueno. El mito de la derecha. Una visión crítica de la derecha en España. Temas de Hoy. Madrid, 2008. 350 pp. 19 €
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Hace ya algunos años que el filósofo Gustavo Bueno ha pasado a engrosar las filas de los personajes incómodos para la corrección política dominante. Y ello, a primera vista, puede parecer difícil de explicar: proveniente del marxismo, fundador de una escuela filosófica materialista, ateo declarado, cuenta en principio con todas las credenciales para adquirir el máximo grado de reconocimiento público en un panorama intelectual y mediático como el español.

Sin embargo, si mentamos a Bueno a cualquiera de los fautores de la corrección política, lo más probable es que lo catalogue dentro del conservadurismo más extremo -quizá directamente en la ultraderecha-, haciendo compañía a tantos otros izquierdistas que, al paso que evolucionaban, han ido siendo enviados a una especie de muerte civil mediática. Y no es que el filósofo afincado en Asturias haya dejado de profesar un pensamiento materialista y ateo; pero sus pronunciamientos públicos abiertamente patrióticos y su defensa de la superior racionalidad de la tradición católica en estos momentos de combate contra la misma en nombre de un nihilismo contracultural colisionan con el proyecto de transformación social y política en el que nos hallamos inmersos. En definitiva, incurre en el peor pecado posible en nuestros días, que es el de no ser "progresista".

Entre otras tesis suyas molestas, una que ha incomodado especialmente es la crítica de la concepción de la izquierda como unidad ideológica opuesta de forma ontológica a la derecha, desarrollada en el libro El mito de la Izquierda (Ediciones B, 2003). Este estudio acaba de tener continuación ahora en otro dirigido a desentrañar el correlativo "mito de la Derecha" (El mito de la Derecha, Temas de Hoy, 2008), que promete acrecentar su fama de pensador reaccionario.

La derecha como creación de la izquierda

Se compartan o no los presupuestos filosóficos de Bueno, no cabe duda de que son útiles para el análisis de un concepto político como es el de derecha, porque su materialismo le lleva a buscar en la historia el origen del mismo y las transformaciones que ha ido experimentando. De esta forma, el lector tiene garantizado que en este libro se va a encontrar la derecha que realmente ha existido y no cualquier recreación mítica que deforme por motivos ideológicos la realidad histórica en un sentido o en otro.

Esta indagación histórica pone de manifiesto un rasgo inicial de la derecha que sigue explicando muchas de sus características –y complejos– actuales: que, como posición política, es una creación de la izquierda. Es decir, históricamente primero fue la izquierda y después ésta designó a sus enemigos políticos como derecha. De ahí que todavía hoy la izquierda no tenga problema alguno para definirse como tal, mientras la derecha busca una y otra vez subterfugios para no reconocerse en esa posición (y del famoso centro, como se verá, también trata Bueno en El mito de la Derecha).

Por supuesto, esta tesis parte, correctamente, de que es inaceptable hablar de derecha e izquierda antes de la Revolución francesa y, en general, de las Revoluciones liberales decimonónicas. Justamente la primera derecha, o "derecha primaria", en la terminología de Bueno, no es otra que la representada por los defensores del Antiguo Régimen frente a los revolucionarios, que fueron quienes asignaron a aquéllos la posición de derecha.

Bueno explica también de manera muy acertada el proceso histórico a través del cual los liberales, que son esa primera izquierda revolucionaria frente al Antiguo Régimen, acabaron defendiendo muchos de los principios y valores de éste y pasaron a ocupar la posición de derecha ante las nuevas generaciones de la izquierda que surgieron a lo largo de los siglos XIX y XX. Aparece así la segunda manifestación histórica de la derecha, la derecha liberal.

No toda la derecha es liberal

Pero la historia no concluye ahí, como podría llegar a pensarse si se atiende al predominio que ha adquirido en nuestro país en la actualidad el liberalismo dentro del campo político de la derecha, por lo menos en los terrenos intelectual y mediático. El método de análisis de Bueno vuelve a demostrar su utilidad al recordar la existencia de una tercera manifestación de la derecha, hoy casi tan olvidada entre nosotros como la "derecha primaria" de los tradicionalistas: lo que el autor llama la "derecha socialista".

Quizá el lector haya dado un bote en su asiento al leer esto de "derecha socialista", acostumbrado a ver unidos los términos "socialismo" e "izquierda", y todavía se sorprenderá más si digo que en esa posición Bueno incluye a Antonio Maura, al general Primo de Rivera y al general Franco (no, en cambio, al fascismo y a otros movimientos próximos, como el falangismo). Bien, hay que reconocer que, aunque el autor justifique por qué le aplica esa denominación a la corriente de derecha social que en España se inicia con el maurismo, tiene su continuación natural en la Dictadura de Primo de Rivera y desemboca en el régimen de Franco, la utilización del adjetivo "socialista" puede inducir a confusión y oscurecer la cuestión de fondo, que no es otra que la pluralidad de la derecha y la imposibilidad de reducirla artificialmente mediante su encorsetamiento en una de sus manifestaciones históricas, la liberal.

Cuando el liberalismo sufrió la gran crisis de principios del siglo XX, hubo un sector de la derecha, que en nuestro país se situaba en el Partido Conservador, en la facción dirigida por Antonio Maura, que abandonó los dogmas abstencionistas y asumió la necesidad de la intervención del Estado en la vida económica y social sin renunciar al sistema de economía de mercado. El hundimiento del régimen de la Restauración hizo que esas ideas se llevasen a la práctica por antiguos mauristas, como José Calvo Sotelo, a través la Dictadura de Primo de Rivera, paralelamente a la experiencia fascista italiana y antes de que el keynesianismo generalizase en todo Occidente las mismas tendencias.

Las continuidades entre la Dictadura y el régimen de Franco en este campo son suficientemente conocidas, y no es necesario abundar en ellas. Sí hay que hacer notar que la unión histórica entre regímenes autoritarios y derecha social parece haber inhabilitado en nuestro país a esta corriente para desempeñar el papel que le debería corresponder en un régimen democrático como el actual, con el consiguiente empobrecimiento ideológico e intelectual para una derecha condenada fatalmente a dar vueltas en torno a un liberalismo que no tiene todas las respuestas.

Hay otras derechas; lo que no hay es centro

Bueno también se ocupa de otras derechas, a las que califica de "no alineadas" por salirse de la continuidad histórica que une a las derechas tradicionales en su relación con la trasformación revolucionaria del Antiguo Régimen. En esta categoría incluye, por ejemplo, al fascismo italiano y al nacionalsocialismo alemán, otra vez con todo acierto, porque ambos fueron movimientos populares que combinaron características de la derecha y de la izquierda –ni de derecha ni de izquierda, decían los falangistas españoles-, por más que la izquierda haya querido siempre ocultar por todos los medios su parentesco con aquéllos, hasta el punto de lograr imponer la visión de los mismos como la expresión más extrema de la derecha.

Igualmente "no alineadas", pero por motivos bien distintos, serían las derechas secesionistas. En este caso, su separación del resto de la derecha se debería a que no comparten la lealtad a la misma comunidad nacional; así, de idéntica forma en que no se pueden situar en el mismo plano las derechas de países distintos, Bueno sostiene que otro tanto ocurre con los grupos políticos que, dentro de un país, pretenden romperlo para crear unidades políticas nuevas. Otra reflexión de gran interés, que deberían estudiar con atención todos aquellos que se lamentan de la incapacidad del PP para pactar con los nacionalistas de derecha, frente a la facilidad que tiene el PSOE para hacerlo, sin reparar en el grado bien diverso de adhesión a la idea nacional española que hoy mantienen los dos grandes partidos.

En una reseña como ésta no es posible extenderse más, pero hay que dejar constancia de que el autor no se olvida de movimientos como el de la "Nueva derecha" de Alain de Benoist, que analiza dentro de las "derechas no alineadas", poniendo en cuestión su propia calificación como "derecha", o del populismo liberal del difunto Jörg Haider y el nacionalismo francés de Jean-Marie Le Pen, que tampoco despacha sin más con la calificación de "ultraderechistas", como suele hacer la corrección política imperante.

Lo que Bueno no acepta es la existencia del centro, poniendo de manifiesto que siempre es centroderecha o centroizquierda, es decir, una situación relativa dentro de la derecha o de la izquierda, la más cercana a la posición contraria. Por eso si, como ocurre hoy en España, en uno de los sectores, pongamos la derecha, no hay más que una fuerza política representativa, es de todo punto imposible que la misma pueda ser el centro de nada.

Será mucho pedir, desde luego, que los ideólogos de nuestra derecha intelectualmente anémica y perpetuamente acomplejada lean y mediten las profundas enseñanzas que se desprenden de este libro esclarecedor. Pero hacerlo les ayudaría a comprender la pluralidad histórica de la derecha, lo inútil y contraproducente que es tratar de ahogarla en el uniformismo de una determinada interpretación del liberalismo y la ridiculez que supone el empeñarse en negar la propia identidad política mediante conceptos vacíos como el de centro, que, además, no engañan a nadie.

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