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18 julio 2018. Actualizado 00:01 Director: Antonio M. Beaumont
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UNA MODA RUINOSA

Raíces de la corrupción: arquitectos venales, principios traicionados

La prepotencia de los políticos, el dinero fácil inmobiliario, la exhibición de poder autonómico y las modas progres: todo ha contribuido a la crisis de la mayor de las artes.

 
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UNA MODA RUINOSA
La prepotencia de los políticos, el dinero fácil inmobiliario, la exhibición de poder autonómico y las modas progres: todo ha contribuido a la crisis de la mayor de las artes.
La prepotencia de los políticos, el dinero fácil inmobiliario, la exhibición de poder autonómico y las modas progres: todo ha contribuido a la crisis de la mayor de las artes.
EL SUICIDIO DEL ARTE
Llàtzer Moix, Arquitectura milagrosa. Hazañas de los arquitectos estrella en la España del Guggenheim. Anagrama, Barcelona, 2010. 270 pp. 18 €
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Como las casualidades no existen, y hasta cuando parecen evidentes se demuestran después falsas, alguna explicación profunda tendrá que Anagrama haya elegido precisamente esta semana para presentar, distribuir y poner a la venta la más reciente puya contra la arquitectura actual española. La del periodista Llàtzer Moix es también una de las obras más informadas e inteligentes sobre el auge y caída de la arquitectura-espectáculo en las últimas décadas. Un triste espectáculo del que han sido víctimas las finanzas públicas, la honestidad –legal a veces y moral siempre- de los políticos, las ilusiones de algunos jóvenes estudiantes y arquitectos, el sentido común casi siempre y, no menos importante, el buen gusto estético relacionado con la que solía ser la primera y mayor de las artes: la arquitectura.

Durante las últimas décadas España ha sido el paraíso de la arquitectura-espectáculo, sólo igualado con algunas grandes ciudades del mundo y con unos cuantos emiratos con demasiado dinero y demasiado poco proyecto de vida en común. En España se han dado todos los ingredientes de una explosión arquitectónica: abundancia de dinero público y privado y de interconexiones entre ambos; emergencia de autoridades locales, regionales, pretendidamente nacionales y a veces nacionalistas con una gran necesidad de crear su propio icono ante el mundo, ora como inversión para adquirir un sentido propio perdido o nunca tenido ora como acto de afirmación; disponibilidad de estudios arquitectónicos españoles y extranjeros sin ninguna atadura tradicional y con gran alegría en el gasto y el diseño, a la vez que total desconexión con nuestras raíces artísticas; y, no menos importante, una falta colectiva de buen gusto henchida de ganas de aparentar y de ser diferentes, sin saber bien de qué. Una bomba de relojería de nuevos ricos pretenciosos, en suma.

Llàtzer Moix sitúa el comienzo de la cara moda de la arquitectura espectáculo en el éxito de imagen (ya que no económico ni estético, ni menos funcional) del Museo Guggenheim diseñado por Frank Gehry para Bilbao. Así el Bilbao de la reconversión industrial se vendió a sí mismo como si de una nueva ciudad se tratase. Quizás haya que ir algo más atrás, hasta los eventos del 92 e incluso a una tradición barcelonesa anterior a éstos, para ver los prolegómenos. Pero importa poco el debate, que siempre será de matiz en la medida en que los edificios –cuando se encargan a un arquitecto- siempre tienen un sentido estético, artístico, social, icónico, por modesto que sea: si no es así los encargamos a un ingeniero (para que sean eficientes en su función pura) o a un maestro albañil. Demos por bueno el Guggenheim como punto de partida del frenesí icónico de la España autonómica.

Alcaldes y presidentes autonómicos de toda España han competido por la firma de los Gehry, Santiago Calatrava, Zaha Hadid, Jacques Herzog, Pierre de Meuron, Norman Foster, Arata Isozaki, Toyo Ito, Enric Miralles, Peter Eisenman, Rafael Moneo o, mucho más modestamente, Patxi Mangado y sus diversas secuelas o precuelas. Nos hemos llenado de puentes, de auditorios, de rascacielos, de baluartes y de universidades. Muy a menudo sin conexión real con su función; pero eso también se puede decir del Partenón, de San Carlo alle Quattro Fontane o de la catedral de Chartres. Muy a menudo como acto de afirmación de una clase dirigente o de un proyecto político, pero eso vale también para el Escorial, para Washington, para Blenheim, para el Foro Italico o para el Berlín de Hitler o el Moscú de Stalin. Muy a menudo con costes enormes y nunca explicados, pero eso vale también para la catedral de la Almudena o para el segundo templo de Jerusalén. Lo insólito de nuestro caso, contado por Jorge Herralde y Llàtzer Moix, es que lo haya hecho una clase dirigente de tan poco nivel, con tan poca oposición, con un coste tan grande, con tan poca utilidad, en tan poco tiempo, con tan malos acabados y calidades en muchos casos… y con tan enorme desconexión respecto a lo que en nuestra civilización se ha venido llamando belleza durante los últimos tres mil años.

Por esto –por lo que tiene el libro de advertencia más a los arquitectos de mañana que a los sufridos contribuyentes de hoy- me parece notable que este libro se haya lanzado precisamente hoy. Porque se ha acabado una época, y será juzgada en los siglos venideros por los edificios que dejamos. Más pretenciosos que grandiosos, más caros que bellos: una arquitectura de palurdos nuevos ricos que sí ha creado un icono de la España actual, pero justamente un icono que refleja nuestras miserias. La solución de las cuales está en la lealtad a nosotros mismos, naturalmente, como cada giro de las artes ha demostrado una y otra vez.

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