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25 marzo 2017. Actualizado 00:01 Director: Antonio M. Beaumont
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La Masonería, al descubierto tras el testimonio de un antiguo miembro

Acaba de publicarse "Yo fui masón", donde Maurice Caillet, médico vinculado en los años 70 y 80 al socialismo francés y que llegó a practicar abortos, cuenta con franqueza lo que vivió.

 
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QUINCE AÑOS EN LAS LOGIAS
Maurice Caillet. <i>Yo fui masón.</i> Traducción de José María Ballester. LibrosLibres. Madrid, 2008. 188 pp. 18 €
Maurice Caillet. Yo fui masón. Traducción de José María Ballester. LibrosLibres. Madrid, 2008. 188 pp. 18 €
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Apenas ha visto la calle recién salido de la imprenta, y el testimonio Yo fui masón, de Maurice Caillet (LibrosLibres), ha provocado ya algunas réplicas en blogs vinculados a la Masonería. Se acusa al texto de no ofrecer las revelaciones que promete, pero yo diría que es más bien al contrario: la historia es sumamente reveladora.

Quizá desde ámbitos masónicos se hubiese preferido una obra de largas diatribas fáciles de descalificar. No las hay, salvo una exposición final, lúcida como pocas a tenor de lo que antes el autor nos ha contado, sobre la incompatibilidad entre la masonería y el cristianismo, al que se convirtió antes incluso de abandonar las logias.

Quizá se hubiese preferido también que pintara a los masones con cuernos y rabos de demonio, y sus tenidas como acontecimientos delictivos y sangrientos. Pero el autor escribe con absoluta sencillez y verismo, y si bien la descripción de los rituales impresiona por su carácter tenebroso, lo interesante de la narración es cómo los va viviendo un protagonista neófito la primera vez que pasa por ellos.

Quizá, en fin, se hubiese preferido poder catalogar la de Caillet en esa categoría de obras antimasónicas que, incluso con buenos fundamentos, caen en la desmesura y la conspiranoia.

Pero nada de eso hay. Yo fui masón nos dibuja sin embargo, con el testimonio de quien lo ha vivido, una organización muy celosa del secreto sobre sus miembros, muy compartimentada para proteger a los grados superiores de que los grados inferiores conozcan quiénes son, y que obliga a prestar prácticamente a ciegas un juramento de lealtad con graves amenazas para quien lo viole.

Lealtad, ¿a qué? En la práctica, y a tenor de lo que nos cuenta Caillet, al secreto sobre los favores mutuos prestados. De hecho, él entró por simpatía hacia los ideales de Libertad, Igualdad y Fraternidad, y hacia los Derechos Humanos que creía ver en la masonería, y se desengañó cuando, con ocasión de un acoso laboral que padeció a manos de su jefe -también masón- comprobó cómo los hermanos a los que acudía olvidaban la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad, y los Derechos Humanos, para no enfrentarse entre sí ni perjudicar su futuro en la organización.

¿Quién es Caillet?

Pero es momento de recapitular para presentar al autor, y para que se entienda mejor el sentido de su desengaño.

Caillet
era un cirujano de convicciones agnósticas (ni siquiera estaba bautizado), divorciado, militante del Partido Socialista Francés (PSF), y dedicado, entre otras tareas de su área urológica y obstétrica, a las esterilizaciones y a la difusión de los Dispositivos Intrauterinos y del aborto. Llegó a practicar las eufemísticas IVE (Interrupción Voluntaria del Embarazo) antes y después de su aprobación legal en Francia, aunque confiesa cómo al poco tiempo el horror de las intervenciones le hizo comprender que sus manos y su ciencia no estaban para matar seres humanos, sino para curarlos. Así que dejó de provocar abortos muchos años antes de abandonar sus convicciones masónicas.

Su afiliación al PSF, sus conexiones en el Gran Oriente de Francia y su buena situación en la Administración le permitieron comprobar de primera mano qué bien funciona la hermandad masónica en beneficio de sus miembros. Eran los tiempos de Valéry Giscard d´Estaing y de François Mitterrand, ambos rodeados de miembros de la masonería (Caillet da nombres y apellidos), sobre todo en el área sanitaria. Recuerda el autor en este sentido cómo la aprobación del aborto en Francia fue un logro netamente masónico: diputados de derechas o de izquierdas, militantes todos de distintas obediencias de la escuadra y el compás, aplaudieron por igual la ley que lo introdujo en el país vecino.

Y son todas estas pequeñas revelaciones, donde no aparecen demonios sino hombres de carne y hueso, donde no hay diatribas sino exposiciones sencillas de hechos de una vida, las que al final constituyen la gran revelación de Caillet sobre la debatida institución: el secreto como protección e influencia, un poder más allá de cualquier teórico principio, y una Verdad y una Luz que se promete a los iniciados y que apenas llega más allá de conocer quién está por encima de uno. Con un camino abierto, eso sí, a prácticas ocultistas y supersticiosas en las que cayó nuestro protagonista incluso a pesar del racionalismo cientificista que profesaba.

Tolerancia... cero

Caillet cuénta cómo en la masonería que él conoció durante quince años (llegó al grado 18) convivían una teórica tolerancia religiosa con una habitual mofa de la religión. Cuando él se convirtió al cristianismo (en circunstancias que no desvelaremos aquí, y constituyen la segunda parte del texto), lo anunció en su logia y la reacción fue gélida y hostil. No duró mucho más como miembro activo. No recibió presiones, aunque sí una amenaza de muerte vinculada más a su denuncia laboral por acoso -que tocaba a masones de renombre y con futuro- que al cambio de convicciones, por lo demás aún no producido.

Yo fui masón es un testimonio impactante. De los muchos y buenos libros que pueden encontrarse sobre la masonería (el de José Antonio Ullate, El secreto masónico desvelado, es imprescindible para entender sus principios), es el que proporciona un retrato más pegado a la tierra sobre qué persiguen sus miembros y qué puede ofrecerles la institución.
 
Maurice Caillet escribe con una sencillez sello de la verdad que cuenta: quince años de su vida que empezaron con una venda sobre los ojos, empujado a través de un ruido ensordecedor por personas a las que desconocía, para adquirir compromisos que no pudo romper sin pasar -él y su esposa- un calvario de exclusión y dificultades económicas.
 
Luego vinieron la Verdad y la Luz, sí, pero no precisamente las que le habían prometido en aquel viejo edificio de Rennes (Bretaña), con una espada amenazante en el pecho.

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