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29 mayo 2017. Actualizado 00:01 Director: Antonio M. Beaumont
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EL HOMBRE DE LAS VANGUARDIAS

Un libro contundente restaura la memoria de Ernesto Giménez Caballero

Nacido en 1899 y muerto en 1988, su adscripción al bando vencedor de la Guerra Civil ha lanzado un manto de silencio sobre quien fue un intelectual reconocido en los años 20 y 30.

 
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UN ESCRITOR A RECUPERAR
Jerónimo Molina Cano. <i>En la cabellera de un cometa llamado Ernesto Giménez Caballero.</i> Los Papeles del Sitio. Valencina (Sevilla), 2008. 88 pp. 10 €
Jerónimo Molina Cano. En la cabellera de un cometa llamado Ernesto Giménez Caballero. Los Papeles del Sitio. Valencina (Sevilla), 2008. 88 pp. 10 €
LA GACETA LITERARIA
Por la revista que fundó y dirigió Giménez Caballero desde 1927 pasaron García Lorca, Buñuel, Dalí, Bergamín, Alberti, Neruda, Machado...
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Lo peor de la actual ofensiva política de la "memoria histórica" no es el afán por remover tumbas en las que están mezcladas víctimas inocentes y culpables de nuestra última gran tragedia nacional; lo peor es el rencor revanchista que revela ¡setenta años después! en quienes no pudieron participar en aquello por edad y que hoy se sirven de esta excusa para establecer un canon al revés de personajes innombrables, no sólo políticos, sino también del mundo intelectual y artístico, a los que, en vez de memoria, se les aplica una brutal e injustificada damnatio memoriae.

Un buen ejemplo de estas injusticias es el velo de silencio que ha caído sobre Ernesto Giménez Caballero, fallecido hace ahora veinte años. Mientras otros miembros de su generación son recordados y jaleados por la political correctness (PC, en sus muy expresivas siglas anglosajonas), él, pionero de las vanguardias literarias y del cine en España, escritor original y de indudable talento, ingenioso, desconcertante y muchas veces desternillante, ni siquiera es nombrado.

¿Cuál fue su pecado? Pues que, a diferencia de esos otros miembros de su generación, en vez de optar por el comunismo, lo hizo por el fascismo. Y aquí nos topamos con la intolerable asimetría que Jean-François Revel denunció en una de sus últimas obras, La gran mascarada. Ensayo sobre la supervivencia de la utopía socialista (Taurus, 2000): haber cantado las alabanzas de Iósif Stalin, con o sin arrepentimiento posterior, no perjudica la fama de nadie, pero haber hecho lo propio con Benito Mussolini, y no digamos ya con Adolf Hitler, es causa de condenación perpetua e irremisible, salvo que se consiga borrar de alguna manera ese pasado (por ejemplo, olvidando mencionar hasta provecta edad el haber formado parte de las Waffen-SS, como le ocurrió a un reputado escritor alemán que se había pasado la vida dando lecciones de antifascismo a sus compatriotas).

Si la adhesión a la ideología democrática occidental es la vara por la que se mide la respetabilidad, la misma proscripción deberían merecer los comunistas que los fascistas y los nacionalsocialistas. Y si se considera que no todos los totalitarismos del siglo XX son iguales y se pretende hacer distinciones entre ellos, el criterio no puede ser el de las supuestas buenas intenciones, sino el de la vesania criminal y el número de víctimas, en lo cual ninguno supera al comunismo.

En realidad, la ideología no debería usarse en ningún caso como criterio para juzgar la valía de los intelectuales y los artistas, de la misma forma en que hay acuerdo en no usar su vida privada con tal fin. Medir a los autores por su orientación política y por sus cualidades morales despoblaría el Parnaso.

La generosa tarea de devolver el lugar que merece a un escritor maldito

En sociedades como la nuestra, dominadas por la tiranía de lo políticamente correcto que ha hecho de lo revolucionario una moda y de la contracultura la forma de cultura hegemónica, la única rebeldía genuina que queda es la reivindicación de la tradición y de los malditos por defenderla o por profesar las otras ideologías proscritas. Y a esa rebeldía se adscribe mi colega de la Universidad de Murcia el profesor Jerónimo Molina Cano, que se ha propuesto la generosa tarea de restaurar la memoria de Ernesto Giménez Caballero.

En esta línea acaba de publicar en la editorial sevillana Los Papeles del Sitio el libro En la cabellera de un cometa llamado Ernesto Giménez Caballero, seguido de Giménez Caballero y Murcia. Pulcra y elegantemente editado, sus dos partes se dejan leer casi de un tirón y son la mejor presentación de la figura y la obra del escritor madrileño que cabe concebir para todos aquellos a los que se nos ha logrado ocultar su relevancia para la cultura española.

Lo primero que hay que aclarar es que el profesor Molina Cano no es coetáneo de Giménez Caballero, sino, más o menos, de mi edad; ni siquiera llegó a conocer personalmente a éste. Por eso la primera parte del libro incluye un significativo relato autobiográfico de cómo se despertó en el autor el interés por un anciano que acababa de fallecer rodeado de una aureola de verdadera marginación cultural y social.

A partir de ahí, el libro expone la vida y el pensamiento de Giménez Caballero de una manera ágil y entretenida, manteniendo siempre la referencia al contexto histórico en el que se desarrollan los acontecimientos que se mencionan. La segunda parte, centrada en las relaciones del escritor con Murcia -pues murciano es el profesor Molina Cano-, se lee también con agrado, a pesar de su carácter más local, ya que el ambiente cultural de provincias que retrata es el que, con una u otras variaciones, se vivía en la época en muchas otras partes del país.

En lo que a mí respecta, el empeño del profesor Molina Cano por restaurar la memoria de Ernesto Giménez Caballero está conseguido. Sólo me queda desearle igual éxito en la recuperación de sus obras para el lector actual.

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