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30 marzo 2017. Actualizado 00:01 Director: Antonio M. Beaumont
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¿VERDAD O MENTIRA?

La historia de España, una historia de zorros y de gallinas

La Guerra Civil, parece que fue ayer y parece que sólo haya habido una. Es ya un género literario propio, de tanto que se escribe. ¿Sabemos de verdad qué ha sido España en el siglo XX?

 
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UN SIGLO DE HISTORIA… ROJA
Paul Preston. <i>El zorro rojo. La vida de Santiago Carrillo</i>. Prólogo del autor. Traducción de Efrén Del Valle Peñamil. RHM Debate, Barcelona, 2013. 416 pp. 23,90 €. Ebook 13,99 €
Paul Preston. El zorro rojo. La vida de Santiago Carrillo. Prólogo del autor. Traducción de Efrén Del Valle Peñamil. RHM Debate, Barcelona, 2013. 416 pp. 23,90 €. Ebook 13,99 €
UNA FICCIÓN DE ´BUENOS´
Javier Reverte. El tiempo de los héroes. RHM Plaza & Janés, Barcelona, 2013. 592 pp. 22,90 €. Ebook 13,99 €
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"Sólo esporádicamente, al margen de los manuales escolares o universitarios, han aparecido textos breves con una visión de conjunto del devenir histórico de España". Tiene toda la razón el doctor Román Felones, que así lo decía en enero en Diario de Navarra. Después, el presidente del PSOE en Navarra hizo público su deleite con la Historia mínima de España que publicó en 2012 su afín Juan Pablo Fusi. Un Fusi que ha dejado claro que tiene "unas pocas convicciones insobornables: 1) que la historia de España muestra ante todo la complejidad y diversidad de la experiencia histórica española; 2) que la historia de España es un proceso abierto, evolución no lineal, continuidad y cambio en el tiempo; 3) que la historia de España nunca estuvo predeterminada, y nada de lo que sucedió en ella tuvo que ocurrir necesaria e inevitablemente". Es costumbre despreciar como "esencialismo" toda interpretación y conocimiento de lo español que vaya más allá de lo contemporáneo e incluso de lo inmediato. Unas cuantas verdades evidentes junto a un par de píldoras ideológicas de la progresía.

Aunque la "verdad oficial" vigente en España sea mayoritaria no es la única, pues se han escrito otras historias de España con otros puntos de vista, incluyendo a Stanley J. Payne, que acaba de ser premiado como "español ejemplar". Más llamativo es sin embargo es el giro del antes adulado Paul Preston, ortodoxo profeta desde siempre, que parece haber encontrado su Damasco camino de… Paracuellos del Jarama. Ahora bien, ¿serían ustedes capaces de imaginar cómo sería una España en la que Carrillo, la Pasionaria, Modesto, Líster y el Campesino hubiesen ganado la Guerra Civil? Conocerlos como fueron, sea a través de la investigación histórica o de la literatura, es muy necesario para entender qué izquierda tenemos y por tanto una parte importante de nuestra identidad perdida.

Un libro sorprendente en medio de una moda que nunca cesa: la Guerra Civil

Más de cinco siglos como Estado, una historia unitaria desde Roma y una realidad soberana desde los godos darían para muchas publicaciones. Y sin embargo aún hoy los mayores esfuerzos en cantidad siguen dedicándose a la guerra de 1936 y todo lo relacionado con ella. No estoy muy seguro de que sea resultado de la demanda libre de los lectores, pero seguro que sí es el interés de los escritores, de los investigadores y de las editoriales grandes y pequeñas. Sólo en esta primavera han llegado a las librerías o continuado en ellas jugosas novedades como las memorias de Pablo de Azcárate (Mi embajada en Londres durante la Guerra Civil Española, que nos ofrece Ariel con prólogo de Ángel Viñas, otro indispensable), la biografía de María Teresa Toral por Antonina Rodrigo (Una mujer silenciada… Ciencia, compromiso y exilio, también en Ariel, con prólogo de José Luis Abellán), la Breve Historia de la Guerra Civil Española de Julián Casanova (España partida en dos, en Crítica), la visión general (que no imparcial) de Ángel Viñas, en La República en guerra. Contra Franco, Hitler, Mussolini y la hostilidad británica, la culminación en Crítica de su sucesión de obra de investigación y divulgación La soledad de la República, El escudo de la República y El honor de la República; o la comparación de Ronald Fraser, Las dos guerras de España, uniendo según su criterio la guerra de 1808 y la de 1936 (también en Crítica, con prólogo de Josep Fontana). Aún más reciente, coordinado por Francisco Sánchez Pérez para Crítica y con colaboración de Ángel Viñas, Fernando Puell de la Villa, Julio Aróstegui, Eduardo González Calleja, Hilari Raguer, Xose M. Núñez Seixas, Fernando Hernández Sánchez y José Luis Ledesma, Los mitos del 18 de Julio. El título del libro dice casi tanto como los nombres de sus autores.

Todo esto, que sólo es una mínima parte de lo publicado, refleja el interés constante por esa parte de nuestro pasado, tan usada para legitimar ciertas visiones políticas, y con la marginación constante y casi creciente de otras partes del mismo pasado (con excepciones como la que en Sekotia nos ha traído César Alcalá con Los niños del exilio, 1936-1939). Todo un género editorial, desde luego, nunca traicionado ni por el interés de los lectores, ni por el apoyo de las subvenciones (depende a quién), ni por el trabajo de los escritores.

Por eso llama la atención el paso dado por Paul Preston, que en sus obras anteriores referidas a la guerra de 1936 a sus protagonistas fue más bien crítico con los nacionales y comprensivo con los republicanos, que es lo mínimo que la ortodoxia parece exigir visto lo publicado. Tras la muerte de Santiago Carrillo en 2012, su biografía de El zorro rojo es escandalosamente heterodoxa con el casi centenario líder comunista. Sorprendente, verosímil y documentadamente veraz, como trabajo histórico que no por divulgador es superficial. De hecho, lo que Preston hace es apasionante y rompedor: repasa la biografía de Carrillo, un hombre desde siempre mitificado por la izquierda y desde la Transición también por el centroderecha sumiso, y saca a la luz muchos de los trapos sucios siempre negados y ocultados. Y así nos encontramos, contado con claridad, objetivamente y en un relato amable, con el Carrillo real. No se trata de la eterna cuestión de Paracuellos del Jarama, la matanza que (ahora sí, con seguridad) Carrillo no sólo conoció, sino que en parte dirigió, lideró siguiendo indicaciones soviéticas y luego negó sabiendo siempre que mentía y que, curiosamente, era el franquismo el que decía la verdad.

Hay mucho más que el Carrillo de Paracuellos. Carrillo se hizo socialista siguiendo a su padre, el líder del PSOE Wenceslao Carrillo, y participó con violencia en el intento de revolución de Asturias en 1934 (contra la República, no lo olvidemos). A partir de ahí fue captado por los agentes de la Komintern y él, como líder de las Juventudes Socialistas, las entregó en bandeja al PCE convirtiéndose a su vez en líder juvenil del mismo. Una maniobra clásica de un zorro entonces joven. Durante la guerra se dedicó a la política, y pese a tener la edad nunca combatió cara a cara con los nacionales sino que se dedicó a la política interior en la zona republicana, una política basada en la conquista del poder por los comunistas y en la liquidación, en miles de casos física, de sus enemigos de izquierdas o de derechas. Obedeció siempre las órdenes de Moscú y conoció muchas verdades (algunas de las cuales también protagonizó) que luego siempre negó. Por ejemplo, el secuestro, tortura y asesinato de Andrés Nin.

Y ese es el Carrillo que nos describe Preston sin ningún rencor pero sin ninguna concesión. Exiliado en Moscú, en Praga, en Bucarest y en París, fue siempre lo que el Politburo quiso que fuese, promotor del terrorismo primero, de la democracia después, y siempre implacable con sus propios compañeros, muchos de los cuales, conociéndolo bien, murieron sin apreciarlo nada y en muchos casos temiéndolo. Bastaría la opinión de dos comunistas tan distintas como Enrique Líster y Valentín González, El Campesino. Pero es que Carrillo nunca dejó de ser así: todos sus movimientos fueron calculados y despiadados, para su propio ascenso y el del comunismo internacional; y lo mismo lo fueron el eurocomunismo y su participación en la transición. La gran pena que Preston nos deja es que Carrillo ha muerto sin contar tantas y tantas verdades que él sabía y que ahora sólo podemos conocer mediante la investigación; la de verdad, lo la propaganda ni la perpetuación de mitos y prejuicios. Por eso el libro de Preston merece ser leído con calma, porque es sólo la primera entrega de una mina de sorpresas que escandalizarán a los bienpensantes.

Opuesto a Carrillo, comunista fiel, una vida de novela

Juan Modesto Guilloto fue una de las grandes revelaciones militares de la Guerra Civil. Trabajador, comunista, terminó siendo líder miliciano, general y líder político (pero sólo limitadamente y en el exilio) del PCE. Lo que Javier Reverte hace no es idealizar a Modesto, sino crear una novela a partir de los que bien podrían haber sido sus recuerdos y añoranzas en 1939, al término de la guerra y de la primera parte de su vida. Es, por supuesto, una obra de ficción, porque no sabemos qué pensó Modesto al borde de la derrota, pero Reverte se agarra a un personaje de vida variada y sorprendente para contar no sólo la guerra sino la manera en la que distintos tipos de españoles la vivieron en la zona republicana y también cómo vivieron antes de ella. El protagonista no es tanto Modesto, que lo es, como todo un tipo humano, que quizá no fue pero bien pudo haber sido.

Gusta leer a Reverte. Uno ha de tener la cautela de recordar siempre que estamos ante una novela, una gran novela, un relato que engancha y que convence, pero no un trozo de historia sino el impacto de ésta en una parte de nuestra literatura. Por supuesto que la novela no ofrece ni una visión imparcial de lo que sucedió ni un trabajo de investigación: pero es que ni lo es ni pretende serlo. Refleja una cierta visión ideológica, de ayer y de hoy, de aquella parte del pasado de España, pero siempre que uno tenga esto en mente puede disfrutar la narración y puede recrearse con la vida inquietante de Modesto, un hombre que desde luego obedeció las órdenes más duras de su partido pero que a diferencia de Carrillo se jugó su vida y combatió en persona por sus ideas. Muy distinto humanamente de Líster, pero más cercano a él o a los voluntarios de los dos bandos y de todas las ideas, españoles de aquel tiempo difícil y de aquellas circunstancias que hoy necesitamos conocer en novela porque si no nos parecen imposibles, que a conspiradores de despacho y de retaguardia como Carrillo. Y esa misma diferencia, en muy distintas circunstancias, existe en la España de hoy, y también eso hace interesante el trabajo de Javier Reverte.

También en la novela y en la ficción, como en la historia, se echa de menos esa visión general de las cosas que tantos piden como recordábamos al principio pero que pocos consiguen. La protagonista, en el fondo, es España, esa España de la que tan poco se habla como tal. En palabras de Paul Claudel, víctima también de la censura indolora de estos días, esa "Santa España, cuadrilátero al extremo de Europa, concentración de Fe, macizo duro, trinchera de la Virgen Madre, y última zancada de Santiago, que no acaba más que donde acaba la tierra, Patria de Domingo y de Juan, y de Francisco el Conquistador y de Teresa, arsenal de Salamanca, Pilar de Zaragoza y cepa ardiente de Manresa. Inconmovible España, rechazo de medias tintas jamás aceptadas, espaldar contra el hereje, razonadora de la plegaria y colonizadora de otro mundo, …, Santa España, hermana España, con los ojos llenos de entusiasmo y de lágrimas, te envío mi admiración y mi amor". Y era España, la misma de ayer y de hoy. También de mañana, aunque ese esencialismo no guste a los enemigos de las identidades (devotos sólo de los intereses), empezando por la nuestra.

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