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29 mayo 2017. Actualizado 00:01 Director: Antonio M. Beaumont
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CÓMO SE PASA LA VIDA...

Dostoievski como referente en una gran novela del género epistolar

Francisco Rodríguez Criado se pone en la piel de una anciana a las puertas de la muerte, y empezamos creyéndola una chiflada. No tardaremos en darnos cuenta de que en realidad no es así.

 
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Francisco Rodríguez Criado. <i>Mi querido Dostoievski.</i> La Discreta. Madrid, 2012. 266 pp. 16 €
Francisco Rodríguez Criado. Mi querido Dostoievski. La Discreta. Madrid, 2012. 266 pp. 16 €
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Francisco Rodríguez Criado es colaborador de El Periódico de Extremadura y figura en varias antologías del relato corto actual como uno de los grandes prosistas extremeños de nuestros días.

Tras varios libros de narrativa breve, Mi querido Dostoievski (La Discreta) llega como su segunda novela, donde esta vez sus dotes para la pincelada rápida se aplican, no a cuentos, sino a cartas. Las que dirige la anciana Laura Bauer nada menos que a Fiodor Dostoievski, e incluso con pretensión de que se anime a contestarle.

¿Una chiflada? Es lo que el autor, con buen dominio del género epistolar, nos hace creer en un principio. Hasta que poco a poco nos adentra en el personaje para que empecemos a ver las múltiples facetas de una mujer española de padre alemán pero que vive en Roma, y que a finales de 2009 empieza a contarle al escritor ruso, su favorito, sus cuitas del corazón.

Aparte de las circunstancias en que Laura se enamoró de las obras de Dostoievski, la elección del referente no es casual. Uno de los grandes retratistas del alma humana, creador de caracteres tan complejos como el alma humana, se convierte en el espejo perfecto donde la protagonista de esta historia puede intentar ser comprendida. "Tú", parece decirle, "que nos has legado a Raskolnikov y a los Karamazov y a los demonios que les (y nos) atormentan, sólo tú puedes comprenderme".

Porque Mi querido Dostoievski es justo eso: un esfuerzo de comprensión donde Laura le vacía a Fiodor sus recuerdos (que arrancan de una infancia infeliz, una desconcertante relación con su madre, una frustración paterna y, como fondo, el drama de la Segunda Guerra Mundial) y desgaja los que más la atormentan, como para entrar purificada en un más allá que ya sabe próximo por la edad y la enfermedad.

Rodríguez Criado nos adentra en su pequeño mundo actual -su perro, su sobrino, sus lecturas en el metro-, desde el que ella evoca las tensiones familiares que la marcaron, y el punto de cinismo que hizo anidar en ella su fallido matrimonio. Este difícil pero completo retrato psicológico que hace un hombre de una mujer, un escritor de 45 años de una anciana de 81, es el punto más meritorio de la obra, junto con las dos sorpresas finales, sobre el padre de Laura y sobre Laura misma, que nos reserva el autor.

Y nos ofrece sobre todo una reflexión, entre dolida y nostálgica, sobre el fluir del tiempo, sobre el sentimiento de pérdida e incomprensión que nos provoca el pasado lejano, y sobre lo poco que queda de nosotros mismos cuando nos vamos.


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