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27 julio 2017. Actualizado 00:01 Director: Antonio M. Beaumont
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LA CALLE DE LA LUNA

Bronca en comisaría, pijos y okupas, y mujeres que dejan huella

En la historia que nos cuenta Kiko Méndez-Monasterio hay elementos en los que se reconocerá cualquiera; otros son un guiño a los que tuvieron "su momento" en los lejanos noventa...

 
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Kiko Méndez-Monasterio. <i>La calle de la Luna.</i> Ámbar. Madrid, 2008. 186 pp. 14 €
Kiko Méndez-Monasterio. La calle de la Luna. Ámbar. Madrid, 2008. 186 pp. 14 €
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A Kiko Méndez-Monasterio se le conoce sobre todo por su narrativa infantil y por una colección de cuentos, Lo nuestro y lo triste, que en su día recogimos en El Semanal Digital valorando su dominio del difícil arte del relato corto. Ahora llega La calle de la Luna, una novela asumidamente generacional llena de guiños al Madrid de los noventa.

Es la historia de Luis, un joven que se traslada a la capital de la nación para iniciar sus estudios universitarios. Deja atrás una ciudad junto al mar y una familia en la que vive los típicos problemas familiares: distanciamiento del padre, complicidad con la madre, admiración y admoniciones de la hermana pequeña, y un deseo de romper moldes y trocar las costumbres domésticas por la aventura de conocer nuevas personas y ambientes.

Lo logrará: sus primeros meses en Madrid, reencontrándose con paisanos que le han precedido, incurriendo en algún coqueteo con la marihuana, en bastantes coqueteos con el alcohol y varios coqueteos en sentido estricto (Mónica, Claudia, Ana, Patricia, Natalia...) de los que alegran la existencia aunque también dejan huellas. Méndez-Monasterio nos sumerge en garitos de okupas convencidos de que tienen en vilo al Estado, y luego nos lleva a fiestas de pijos y alguna puesta de largo; con él pasamos de la típica búsqueda de compadreo con el relaciones públicas de una discoteca de moda, a los puñetazos que a veces se dan y se reciben para abandonarla.

De hecho una de esas broncas termina con la resaca en la comisaría de la calle de la Luna, que da nombre al libro y que simboliza la degradación del personaje por la vía de la irresponsabilidad. Ha podido tenerlo todo, pero se ha convertido en un pelele que acude a donde no debe ni en el fondo quiere, pero a donde le arrastran sus propias debilidades, que cura luego oyendo a Los Secretos como telón de fondo de su autocomplacencia. Ese retrato de la decadencia, sin juicios de valor ni excesos de pintura, muestra el talento narrativo de Méndez-Monasterio, que exhibe como contra-modelo a Luis sin que se note.
 
Estamos ante una completa descripción de adónde se llega cuando se pierde el norte: "Una tristeza íntima que me hace compañía", la describe Luis cuando en sus paseos por Madrid, años después y tras algún tiempo en América, recuerda aquel pasado. En un tiempo aún más lejano sus paseos dominicales eran con la infancia aún coleando, por el paseo marítimo, los domingos después de misa, con padres y hermanos al lado y unos pasteles pendientes por eso, "porque era domingo": "A lo mejor no me acuerdo bien y resulta que también era un infierno aquello, que nunca hubo un tiempo mejor".

Es el contraste entre la inocencia y la experiencia, que comienza a vislumbrarse de verdad cuando aparecen, no tan a lo lejos, los cuarenta. La calle de la Luna nos lo recuerda con un algo de crudeza y un mucho de nostalgia. Las conclusiones, que las saque cada cual.

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